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Los perros son animales curiosos que pueden comer y beber lo que se encuentran en el suelo, si bien este es un comportamiento normal, puede resultar sumamente peligroso, pues no todo es inofensivo para su organismo.
Un ejemplo de esto y quizá uno de los más comunes, es cuando el animal ingiere lejía, comúnmente conocido como cloro, un líquido que por costumbre solemos dejar en el cuarto de lavado o donde colocamos el resto de los productos de limpieza.
Saber si tu mascota consumió este producto es sencillo, pues los síntomas son muy evidentes: diarrea, vómitos, dolor de estómago y, en los casos más graves, desmayos, convulsiones y dificultad respiratoria.
Si bien lo fundamental es acudir de inmediato al médico veterinario para que determine la situación, es muy importante que en el hogar nosotros también actuemos rápidamente para aminorar las consecuencias.
Si la cantidad que ha bebido es mínima y la lejía estaba diluida en agua, lo más probable es que le cause una simple irritación en el estómago. Pero si bebe más cantidad y, además, la lejía era pura, puede sufrir quemaduras en la boca, el esófago y el estómago.
Lo primero que tienes que saber es que nunca debes inducir el vómito, pues este líquido es corrosivo y puedes provocarle quemaduras en el esófago a tu perro.
Procede a lavar la boca del animal con abundante agua para eliminar los efectos, hay que hacer lo mismo si llegó a tocar su piel, de esta manera evitarás complicaciones en lo que llegas a la clínica veterinaria.
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